El próximo líder de Cuba no hay que buscarlo en Washington
Cuba tiene que cambiar porque Cuba lo necesita, no porque Washington lo ordene. Y Estados Unidos debe entender también dónde está el límite.

Foto: EFE/ Ernesto Mastrascusa.
El artículo publicado por The New York Times este 7 de agosto, donde se revela que la Administración Trump estaría buscando dentro o alrededor de las estructuras de poder cubanas actuales una figura capaz de conducir una eventual transición, merece atención y una respuesta clara.
Cuba necesita cambiar. A estas alturas, esto debería estar fuera de discusión. Necesitamos transformar profundamente nuestra economía, abrir espacios reales a la iniciativa privada, ofrecer seguridad jurídica, atraer capital, incorporar plenamente a la diáspora y crear instituciones capaces de devolver confianza y esperanza a los cubanos de dentro y fuera de la isla.
Pero una cosa es reconocer que Cuba necesita un nuevo rumbo y otra muy distinta aceptar que el próximo liderazgo cubano se decida en Washington.
No estoy de acuerdo. El futuro de Cuba tiene que decidirse entre cubanos.
Según The New York Times, la Administración estaría buscando una figura pragmática dentro del propio sistema, alguien capaz de facilitar una transición y establecer una relación diferente con Estados Unidos. El referente que aparece inevitablemente es Venezuela y el papel desempeñado allí por Delcy Rodríguez.
Se puede entender la lógica política, desde la perspectiva de Estados Unidos, pero Cuba no es Venezuela.
Nuestra historia es otra y muy distinta nuestra relación con Estados Unidos. La transición cubana, cuando llegue —si no es que ya comenzó—, tiene que responder a nuestra propia realidad y realizarse en nuestros términos.
Hace meses advertí en varios de mis artículos que Cuba estaba perdiendo tiempo y, con él, capacidad para decidir las condiciones de su propia transformación. Lo que estamos viendo hoy demuestra por qué esa advertencia era importante.
Al postergar durante demasiado tiempo las decisiones que se sabía debían tomarse, otros comienzan a imaginar esas decisiones por Cuba.
Eso es precisamente lo que hay que evitar, y la respuesta de La Habana no puede ser refugiarse otra vez en el discurso de la amenaza externa, porque ya no basta.
Repito que la mejor defensa de la soberanía cubana no es inmovilizar el país, sino transformarlo; crear una economía que funcione, permitir que los cubanos prosperen, “liberar las fuerzas productivas”, darle al sector privado el espacio que necesita.
Cuba tiene que cambiar porque Cuba lo necesita, no porque Washington lo ordene. Y Estados Unidos debe entender también dónde está el límite.
Yo creo profundamente en una relación diferente entre nuestros dos países. Quiero una Cuba que tenga una relación económica extraordinaria con Estados Unidos: inversión estadounidense, comercio, turismo, cooperación tecnológica y acceso al sistema financiero internacional. Quiero ver a empresarios cubanos y estadounidenses colaborando, y ver a nuestra diáspora regresando, invirtiendo, participando y ayudando a levantar el país.
Después de más de seis décadas de confrontación, debemos aspirar a algo mucho más grande que administrar permanentemente el conflicto.
Pero una relación nueva entre Cuba y Estados Unidos debe comenzar por el respeto, y este comienza reconociendo algo elemental: Estados Unidos puede ayudar a Cuba a edificar su futuro, pero no debe imponerle su gobierno.
Y no porque Estados Unidos sea nuestro enemigo. No lo es. Sino porque ninguna nación puede comenzar una nueva etapa de su historia entregando a otro país la decisión de quién debe gobernarla.
Eso corresponde a los cubanos, a todos. A quienes viven en la isla y a quienes vivimos fuera. A quienes apoyaron la Revolución y a quienes se opusieron a ella.
A quienes durante décadas han estado enfrentados y, sobre todo, a las nuevas generaciones que no tienen por qué heredar nuestras divisiones.
Por eso sigo creyendo que Cuba necesita un pacto nacional. No para repartir posiciones, ni para decidir quién ganó o quién perdió. Y mucho menos para sustituir una élite por otra.
Necesitamos un entendimiento básico sobre el país que queremos y sobre las reglas que deben permitirnos convivir después de tantos años de confrontación.
El verdadero desafío cubano no es encontrar un sucesor, sino reconstruir una nación.
Quien asuma la responsabilidad de dirigir Cuba en una nueva etapa recibirá un país profundamente golpeado: una economía debilitada, infraestructura deteriorada, un sistema energético en crisis, millones de cubanos viviendo fuera y una sociedad cargada de frustraciones, heridas y desconfianza.
Ningún hombre ni ninguna mujer podrá resolver eso por sí solo, y mucho menos podrá hacerlo gobernando para una parte de Cuba y en contra de la otra.
La Cuba que venga tendrá que sumar, reconciliar, escuchar, reconocer errores y hacer justicia sin confundir la justicia con la venganza.
Tendrá que entender que nuestra diáspora no es un país diferente, sino que somos parte de Cuba.
Aquí también Washington puede ayudar enormemente, porque Estados Unidos tiene capacidad para facilitar una transformación pacífica, apoyar la reconstrucción económica, abrir oportunidades al sector privado, acompañar procesos de negociación y contribuir a que Cuba vuelva a integrarse plenamente al mundo.
Eso sería liderazgo estadounidense. Escoger quién debe gobernar Cuba no lo es.
Y La Habana debería tomar muy en serio lo que revela The New York Times, no para utilizarlo como una nueva justificación para cerrar puertas y ventanas, sino para comprender la urgencia del momento.
Cada reforma que se posterga, oportunidad que se pierde y espacio que permanece cerrado reduce nuestra capacidad de conducir nosotros mismos lo que inevitablemente vendrá.
La soberanía no se proclama, se ejerce. Y se hace fomentando un país suficientemente fuerte, legítimo y abierto para decidir su propio destino.
Creo que todavía estamos a tiempo para conseguir una transición cubana, pacífica, ordenada, inclusiva, sin revanchas ni imposiciones.
Una transición en la que Estados Unidos sea un socio importante, la comunidad internacional acompañe, nuestra diáspora participe plenamente y los cubanos dentro de la isla tengan finalmente el protagonismo que les corresponde.
No debemos tener miedo al cambio, sino a llegar demasiado tarde para dirigirlo.
Por eso la discusión abierta por The New York Times no debería reducirse a qué nombre está considerando Washington.
Ese no es el debate que me interesa, sino algo mucho más importante: a qué Cuba aspiramos y quién tendrá la legitimidad para conducirla.
Mi respuesta a la segunda pregunta es sencilla: los cubanos, nadie más.
El futuro de Cuba necesita amigos, socios y aliados, pero necesita, sobre todo, liderazgo cubano que no se busca en Washington, se construye entre cubanos.
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Hugo Cancio
Empresario cubanoamericano, presidente de Fuego Enterprises, Inc., Fuego Media Group. Fundador y director general de OnCuba News.
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Excelente reflexión, gran aporte de verdadera cubania , al final como decía Martí, cubanos todos .