El chivo también les gana

     Ni uno de los patriotas que a diario oímos y vemos en radio y televisión tiene méritos para comparase al Chivo Perico. No tienen historia o sus historias son tan sucias como las de Posada Carriles u Orlando Bosch. Fama, aunque triste, tienen donde único pueden tenerla: en Miami, donde ruedan cilindros sobre discos de cantantes famosos, organizan la voladura de un avión repleto de muchachitos, asesinan a un diplomático buena gente que sus amigos en La Habana llamaban Felix Pechuga, salen en  barquitos para en la soledad del mar tirar bengalas que quisieran subversivas o acuden  al Congreso a clamar por leyes que prohiban ver a la mamá, al primo, al amigo o, simplemente, caminar otra vez la vieja calle del barrio donde de muchacho se jugó cuatro esquinas con una vieja pelota de goma en medio de una gran algarabía.
      Sus arcas estarán muy embilletadas, alguno se pavoneará en el Congreso con una elegante corbata azul, pero ninguno ni de lejos se puede comparar a Camilo, Guiteras, Manzanita, Mella, Chibás, Frank, Celia o Vilma.  El Chivo Perico también gana a esa fauna que para suerte de Cuba y Estados Unidos está en proceso de extinción. No recuerdo si fue Raúl Roa, el histórico Canciller de la Dignidad, quien con su verbo afilado y burlón los llamó cercopitecos, no sólo por el real significado del sustantivo, sino por su sugerente sonoridad.
         En el mundo ha habido especies llamadas no humanas cuyos hechos trascendieron. Ahí está el Caballo de Atila;  la simpática mona Chita, estrella de cine junto al Tarzán de Johnny Weismuller; el caballo Incitatus, nombrado cónsul y sacerdote por el loco emperador Calígula; Rin Tin Tin, también estrella de cine, y, aunque de madera, el Caballo de Troya.
     Perico, nuestro macho cabrío, escaló muy alto. La historia cuenta que nació en el popular barrio habanero de Jacomino, en la Loma de los Zapotes, en el año 1925. La santera del barrio, María la Grande, se lo ofrendó a Santa Bárbara, pero Changó no aceptó pues el chivo estaba destinado a ser algo grande,  según reveló Yaima Guilarte, estudiante de periodismo de la Universidad de La Habana en un artículo aparecido hace un tiempo en Cubadebate.
     En los años 30 Perico llegó al paradero de la ruta 10 y los trabajadores lo hicieron su mascota.  Comía lo mismo que ellos: arroz con frijoles, pan con mantequilla, tomaba café con leche y de vez en cuando se alegraba con unas cervecitas. El gobierno revolucionario de Grau-Guiteras había sido eliminado por el binomio Batista-embajador Caffery para sentar al represivo  Mendieta en la silla presidencial y comenzaron nuevas protestas populares. Tres fueron los presidentes que lo sucedieron: el comelón José A. Barnet;  Miguel Mariano Gómez, quien intentó ser honesto y fue destituido por Batista a los siete meses, y el marioneta Federico Laredo Brú.  Contra tal putridez el Chivo Perico protestó.
     El Chivo, berreando como todo un hombre, mostrando consignas antigobierno en su cornamenta, marchaba con  los trabajadores en las protestas. En una ocasión fue detenido por la policía frente al Palacio Presidencial. Las palizas que entonces daba la policía no eran de mentiritas. Eran con cabezas y huesos rotos, y hasta con muertos de bala, no como las que, sin mostrar una foto real o un video, dicen sufrir los que en Cuba son dirigidos por los cercopitecos de Miami. Fulgencio Batista resultó presidente en 1940 y años después el Chivo Perico moría a consecuencia de una golpiza que recibió por alterar el orden público.
      Su muerte fue muy sentida por el pueblo y más  por los combativos trabajadores de la ruta 10, quienes hicieron una colecta y embalsamaron al compañero de luchas. Actualmente, informó Yaima Guilarte, el cuerpo del singular y revolucionario Chivo Perico es restaurado por expertos en taxidermia en el Museo de San Miguel del Padrón.
     La santera María la Grande no se equivocó. Perico se recuerda con cariño y dignidad. Mientras, aquí, los patriotas verticales que ceban sus barrigas con camarones y arroz con pollo en el Versailles de la Calle Ocho  carecen de… digamos… las cornamentas de nuestro cuadrúpedo personaje. Tanto que Perico tuvo hasta un seguidor. Se llama Kanelo, un perro manifestante  griego que ladrándole con razón e ira a la fuerza pública, ha participado en las protestas que sacuden a esa nación mediterránea, cuna de la civilización y del Caballo de Troya.  
     Sería bueno agregar que los patriotas verticales que se gasta Miami podrían ser comparados sólo con Othar, el Caballo de Atila, aunque no por ser notorio miembro de una caballería de combate, sino por lo que decía su dueño: “Donde pisa mi caballo no vuelve a crecer la yerba”.
     Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.