La megalomanía de Donald Trump, su apego a la violencia e ideología supremacista racista y reaccionaria
Imperfecciones aparte, la democracia debe ser defendida como se defienden los patrimonios de la cultura universal. Mediante eventos en proceso, Estados Unidos ha ofrecido evidencias de cómo instituciones estatales y jurídicas, firmemente establecidas, son blindajes del sistema político que evitan aquello que Karl Marx describió cuando escribió: “Ni a las naciones ni a las mujeres se les perdona el momento de debilidad en que un aventurero pudo seducirlas”
Conducida por una de las más lúcidas vanguardias revolucionarias de su tiempo, Estados Unidos realizó la primera revolución anticolonial en el Nuevo Mundo, fundó la primera democracia moderna y la primera república, redactó la primera constitución y por primera vez eligió a sus gobernantes. Resultado de la unidad de trece entidades que se sumaron para formar una nación, los Estados Unidos, ha sido dañados por Donald Trump que pudo destruir algo que no es capaz de sustituir.
Es la segunda ocasión en que, en circunstancias y por razones diferentes, Estados Unidos y su sistema político han estado en peligro de ser liquidados. La primera fue en la década de los años sesenta del siglo XIX cuando por diferencias económicas entre el norte y del sur y el intenso debate en torno a la esclavitud, adquirió fuerza una corriente secesionista que separó casi la mitad de los estados que fundaron otro país, los Estados Unidos Confederados con otra Constitución, otras instituciones y otro presidente.
Abraham Lincoln, electo presidente en 1860 y reelecto en 1864, período que no pudo desempeñar al ser asesinado en 1865, se opuso resueltamente a la disolución del país, cosa no prevista en la Constitución y se negó a aceptar la expansión de la esclavitud a estados donde no existía, llamó a las armas movilizó al pueblo y libró la Guerra Civil, el más grave conflicto político interno que hayan padecido lo Estados Unidos que fue saldado con cuatro años de intensos combates, la muerte de casi un millón de personas y la ruina de la economía sureña.
El conflicto no terminó con la guerra, sino que sus consecuencias se prolongaron en la etapa llamada de la reconstrucción, un período en el cual el país trató de sanar heridas pero que fue aprovechada por los racistas para, valiéndose de los mecanismos de la democracia, retomar el poder y, manipulando el sistema judicial, basado en el federalismo, entronizó las leyes Jim Crow, estableciendo la segregación racial o apartheid que se prolongó por casi cien años.
La megalomanía de Donald Trump, su apego a la violencia e ideología supremacista racista y reaccionaria, así como y sus ilimitadas ambiciones de poder, lo llevaron a ignorar el veredicto electoral de 80 millones de sus compatriotas, ha sumado descrédito a las instituciones y las prácticas democráticas que, a pesar de las conocidas y censuradas políticas internas y el comportamiento imperialista de los Estados Unidos, se habían mantenido incólumes.
La democracia es un bien común, al atentar contra ella y sumar desprestigio a sus instituciones, Donald Trump ha atentado contra la humanidad que tiene razones para repudiarlo. Allá nos vemos.
