Cuba, reformas y diálogos

Difícil escribir en estos días sobre Cuba, su actualidad y futuro. Decía hace poco que, si en algún instante el estado cubano tuvo necesidad de dialogar con Washington, se ha convertido en algo inaplazable a partir de las nuevas circunstancias creadas en Venezuela. Dicha necesidad se ha intensificado más aún ahora que Cuba ha sido declarada un peligro para la seguridad nacional de Los Estados Unidos de América.

En el caso de Venezuela todo ha transitado sobre raíles porque la tangente para invadir ese país fue levantar primeramente la atmósfera de que Maduro es un narcotraficante, con cuyo argumento llevaron a cabo la violación de morada y segundo quienes allí lo acompañaban, aparentemente o en serio, están dispuestos a cooperar en asuntos que el propio Maduro hubiese podido resolver hace años pero que se tardó demasiado en entenderlo. Si lo ha entendido ahora ya es demasiado tarde. Para quienes lo acompañaban en el gobierno no era gran problema acceder a reclamos que en la práctica son inclusive beneficiosos para Venezuela. Por esa razón han optado por ajustar cosas elementales como abrir las puertas de la Asamblea a opositores del gobierno y proclamar que no es pecado y serán protegidos quienes discrepen dentro de los parámetros de la Ley sin clamar por intervenciones y violencia. Para ratificar esta reforma han decretado una amnistía para los presos políticos y convertir el Helicoide en un centro de actividades sociales.

Por ese camino parece que todo será relativamente pacífico y pudiera ser beneficioso para la sociedad venezolana, ya que el mayor inconveniente hubiese sido un choque frontal con la dirigencia gubernamental. Pero todo indica que ésta ha estado dispuesta a conversar, aceptando ciertos reclamos estadounidenses.  Según cuentan en Washington, antes de proceder al ataque militar le fue ofrecida una salida a Nicolás Maduro, a quien consideraban un peligro para la sociedad estadounidense, si no accedía en algunos aspectos aceptados más tarde por la dirigencia que quedó en funciones después de su secuestro.

Cuba es un caso diferente porque Washington no acusa a una o varias personas de la dirección del gobierno cubano como un peligro para su pueblo, sino que ha declarado al estado como una amenaza para la seguridad nacional de Los Estados Unidos de América.

Decir esto de un país y declarar la guerra es algo que va de la misma mano. O sea, no acusan a personas dirigentes, sino el estado cubano en particular, un argumento perfecto para presentar al Congreso quien es el único organismo que puede declarar una guerra y pedir autorización para actuar acorde. En segundo lugar, tenemos la Ley Helms Burton, la cual estipula que no hay arreglo posible con Cuba si “los Castros no abandonan el poder”. Y la gran pregunta es: ¿A estas alturas del juego quiénes son considerados “los Castros” por Washington? Si estiman que el presidente actual y sus ministros son continuadores de “los Castros”, entonces estamos ante un problema más difícil aún de solucionar.

Ahora bien, si el pragmatismo aplicado en Venezuela continúa vigente en los predios de la Casa Blanca, esta coyuntura pudiera encajar perfectamente dentro de los planes del presidente para el hemisferio: la misma elite es la solución, como lo ha sido, de modo diferente, en Caracas.

Sólo quedaría por determinar cuáles con los aspectos tangenciales que favorecen a Washington, sin afectar la esencia del proyecto cubano de modo que resulte potable para sus gobernantes.

Trump es un hombre de negocios devenido en presidente cuando sus planes protagónicos y su narcisismo patológico se hallaban en un marco demasiado estrecho para realizar sus debilidades de carácter. La prueba de su pragmatismo de negociante astuto y amoral la mostró cuando los supuestos enemigos venezolanos quedaron bajo su amparo para que los negocios del petróleo y demás minerales no sufrieran los desafueros de masas incontroladas armadas hasta los dientes, escenario muy probable en caso de que las fuerzas militares estadounidenses hubiesen puesto las botas en tierra.

Por consiguiente, el asunto cubano puede que tampoco sea una cuestión estrictamente ideológica de igual modo que lo ha sido el venezolano, sino de negocio y control hemisférico. Un control que viene de los lejanos días de 1823 cuando se instituyó la Doctrina Monroe no ideada para apabullar y humillar al resto del hemisferio sino para defenderlo de las trifulcas europeas, aún enfebrecidas con ansias de ocupar y colonizar territorios. Esto se ha politizado en extremo por la izquierda que grita mucho y piensa poco, actuando de igual modo que esa derecha que ha gobernado durante doscientos años, antes de que el socialismo surgiera como proyecto político y ahora acusa a la izquierda de todos los males.

La Doctrina Monroe fue una decisión unilateral elaborada para defender una región que comenzaba a disfrutar sus respectivas independencias y estaba conformada por países aún débiles militarmente. Eventualmente derivó en una versión agresiva, elaborada por otros presidentes y funcionarios estadounidenses, que se arrogaron el derecho de intervenir, inmiscuirse e imponer sus decisiones en esos países, con la complicidad de sus clases aristocráticas, profundamente corruptas. Esa doctrina que, en el espíritu fue más bien defender a las pequeñas repúblicas del insaciable colonialismo europeo, alcanzó un oscuro momento a la llegada de Theodore Roosevelt, quien creó el Corolario que lleva su nombre, con el cual Washington ampara y justifica la intervención armada.

Ya con anterioridad presidentes como James Polk recurrieron a similar práctica. Éste en particular puso en uso la teoría del Destino Manifiesto, para justificar la expansión del territorio. Pero todo eso, que es parte de la historia enlutada de Los Estados Unidos de América y que hoy forma parte de la nueva política que Donald Trump pretende dejar como nefasta herencia a su país, puede ser sorteado si se aceptan las realidades actuales. La verdadera política es saber hasta dónde, las condiciones que circundan, permiten a cada cual continuar con las agendas propias.

Lo primero es saber que a las fieras no se les mira a los ojos para no darles una señal que ellas interpreten como desafiantes, lo cual no minimiza el valor del explorador ni tampoco lo obliga a renunciar de su horizonte, aunque para eso deba hacer ajustes a la ruta previamente trazada. Todo lo contrario. La disyuntiva en este caso puede servir para ajustar y reformar un camino cuya ineficiencia ha sido probada fehacientemente.

Ya sabemos que la prioridad de Trump no es el gastado cuento de “llevar la democracia” a los países con sistemas diferentes. Lo importante para el pintoresco y peligroso mandatario, es la estabilidad regional, lo cual se interpreta en su diccionario como la anulación de todo lo que implique confrontación y desafío a sus solicitudes. Por eso un sistema político o gobierno que pretenda dibujarse como el indicado y único posible para llevar la felicidad a un pueblo a diferencia del estadounidense es un reto, porque si existe tal sistema o gobierno, sólo puede ser el suyo propio. Por consiguiente, para lidiar con el Washington actual no se puede hablar ese idioma. Lo importante es la estabilidad regional y la cubana en particular.

El problema mayor que veo en estos aciagos días es que, como consecuencia del tiempo transcurrido entre su llegada al poder y la aparente falta de gestiones de diálogo por parte de Cuba, su lentitud en reformas que aún permanecen en proyectos, necesarias en estos tiempos para hacer eficiente el desempeño de los estados, puede haber calado negativamente en el establishment que circunda a Trump y no tengan a estas alturas mucho interés en conversar con la dirigencia cubana, más dedicada durante todo ese tiempo en circunvalar las sanciones impuestas que en la reestructuración de esos aspectos, los cuales al margen del Norte, son imprescindible para ampliar la democratización del socialismo criollo.

No obstante, como Trump es veleidoso pero pragmático, en especial hablando de negocios, es probable que pase esto por alto, a contrapelo de lo que puedan pensar muchos extremistas del establishment. Lo importante para el presidente es que los dialogantes estén conscientes que USA es el mayor entre los iguales y ciertas retóricas las asume como desafíos. Ambas partes están obligadas a transar en términos de vínculos relacionales y para que así sea, Washington debe reconocer, como lo reconoce hasta hoy en Venezuela, que la organización interna de gobierno en su conjunto no es de su competencia. Hay reestructuraciones que seguramente van a reclamar como lo han hecho en Venezuela, pero muchas de ellas lejos de afectar serían beneficiosas. De hecho, en el cúmulo de reformas y ajustes anunciados por Cuba desde hace años, algunas de esas reformas han sido consideradas.

Tomado eso en su totalidad, ese pragmatismo al que me he referido en varias ocasiones tiene hoy una vigencia que nunca alcanzó a tener en el pasado cuando la eliminación de los gobernantes constituía la premisa de los discursos.

Asuntos pendientes del gobierno en Cuba como una reforma jurídica más en concordancia con conquistas que superaban las explotaciones del siglo XIX, las leyes a regir en los organismos que la administran, las inversiones, su agilización, la información y las manifestaciones de opiniones ajenas a la tutela del estado y otros, requieren ser recalibrados. Estos asuntos que competen al bienestar colectivo, lejos de perjudicar, ayuda con los propósitos hemisféricos del vecino del Norte y a los otros dos que lo acompañan en su geografía: México y Canadá.

Hasta hoy lo que parece evidente es que la agresión militar está fuera de los planes del presidente Trump, a pesar de que su justificación ha sido puesta sobre la mesa: Cuba es una amenaza a la seguridad nacional estadounidense. De ser cierto que, por ahora la acción militar no está entre las consideraciones, hay un tiempo precioso a favor de una solución que pueda poner fin, como dijo Delsy Rodríguez en la Asamblea venezolana, al enfrentamiento histórico del país con Los Estados Unidos de América. Sólo ese aspecto es un beneficio extraordinario, excepto para los fanáticos de adentro que anhelan un nuevo holocausto que Cuba no merece, al igual que para los sempiternos enemigos del proyecto social cubano.

Pero por el momento ninguna intervención militar parece inminente. Y no porque no puedan hacerlo, especialmente en una isla relativamente pequeña y sin selvas de ninguna clase, sino porque eso traería inestabilidad regional y clamores mundiales que entorpecerían otras tareas y su propia agenda pública. El horizonte que Washington vislumbra es poder mantener la estabilidad tanto en Venezuela, Cuba y los otros países de la región.

A partir de esa estabilidad los acuerdos son posibles, aunque para ello tenga que convertir antiguos enemigos en aliados. Tal es el caso de Ahmed Husseín al-Sharaa en Siria que de gran terrorista por quien ofrecían una jugosa recompensa de diez millones de dólares, se ha convertido en un gran aliado. Algo similar parece estar ocurriendo en Venezuela, donde la flexibilidad y gracias también a la ausencia de una ideología rayana en lo religioso, las cosas parecen estar caminando.

Existen soluciones. Sólo hay que salir a buscarlas con voluntad, sin aferrarse a lemas y supuestas dignidades que hasta hoy han obliterado las propuestas de Washington y algunas de las capacidades negociadoras del estado cubano.

Porque por encima de todos los principios, hay tres aspectos apabullantes dentro de la realidad en cuestión:

Obligar a todo un pueblo a padecer hambre, sufrir enfermedades y sentir como el sueño individual se desvanece, es genocida.

Y por otro lado debemos reconocer que, morirse no es una alternativa y resistir no es política.

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