José Manuel Pallí: Cuba, Estados Unidos y Argentina ante el espejo de la polarización + Video y Mp3
El abogado y analista cubano sostiene que la política hacia Cuba continúa atrapada en intereses electorales, prejuicios históricos y posiciones extremas que impiden construir una relación basada en el diálogo, el comercio y el respeto mutuo
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Las noticias más importantes sobre Cuba no siempre nacen en Washington ni responden a las interpretaciones de quienes observan la Isla desde la distancia. Muchas veces surgen dentro del propio país, en sus transformaciones económicas, en sus nuevas disposiciones jurídicas y en las señales de apertura que, aunque no siempre reciban la atención necesaria, pudieran modificar profundamente las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Esa es una de las ideas centrales expuestas por José Manuel Pallí, abogado, periodista y analista cubano, durante una extensa conversación- en su propio hogar- en la que examina las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y establece, además, un interesante paralelismo con la historia política de Argentina.
Pallí habla desde una experiencia singular. Nació en Cuba, vivió durante años en Argentina y posteriormente se estableció en Estados Unidos. Conoce, por tanto, las contradicciones de las tres sociedades no solo desde la lectura o el análisis académico, sino también desde la experiencia personal.
Su reflexión conduce a una conclusión inquietante: Cuba, Estados Unidos y Argentina son países diferentes, pero comparten una enfermedad política semejante: la polarización.
Las noticias vienen de Cuba
Durante décadas, buena parte del debate sobre Cuba se ha construido desde el exterior. Washington ha decidido qué cambios considera suficientes, qué reformas acepta como legítimas y cuáles medidas deben ser premiadas o castigadas.
Pero Pallí propone invertir esa lógica.
Las noticias, sostiene, están viniendo desde Cuba.
La Isla atraviesa un proceso de modificaciones económicas, empresariales y jurídicas que merece ser estudiado con mayor profundidad. La ampliación del sector privado, las nuevas formas de gestión, las posibilidades de inversión y las transformaciones en determinadas normas pudieran abrir espacios para una relación económica diferente con Estados Unidos.
Estas señales no significan que todos los problemas cubanos hayan sido resueltos. Tampoco implican que las reformas sean completas o irreversibles. Pero ignorarlas sería un grave error político.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente qué espera Estados Unidos que haga Cuba. También habría que preguntarse si Washington está dispuesto a modificar una política que durante más de seis décadas no ha producido los resultados anunciados.
Las sanciones, las prohibiciones comerciales y el aislamiento no han conducido a la desaparición del sistema político cubano. En cambio, han contribuido a profundizar las dificultades económicas y a deteriorar las condiciones de vida de la población.
Mientras los gobiernos discuten, son las familias cubanas las que sufren la escasez de alimentos, medicinas, combustible, transporte y electricidad.
Cuba como herramienta electoral
Pallí coloca otro elemento sobre la mesa: el tema cubano ha sido utilizado históricamente como una herramienta electoral dentro de Estados Unidos.
La política hacia Cuba no siempre se diseña pensando en los intereses nacionales de ambos países. En demasiadas ocasiones responde a los cálculos de campañas electorales, especialmente en el estado de Florida.
Las posiciones más rígidas suelen presentarse como muestras de firmeza política. Sin embargo, pocas veces se examina si esas medidas han funcionado realmente.
Cada ciclo electoral revive promesas, amenazas y discursos que presentan a Cuba como un asunto interno de la política estadounidense. La relación bilateral queda así subordinada a las necesidades de candidatos, partidos, congresistas y grupos de presión.
El resultado es una política inmóvil.
Aunque cambien las circunstancias internacionales, las generaciones, las estructuras económicas e incluso las posiciones de numerosos cubanos dentro y fuera de la Isla, el conflicto continúa administrándose como si el tiempo se hubiera detenido.
Cuba termina convertida en una pieza electoral, mientras las verdaderas necesidades de los ciudadanos quedan relegadas.
Que Cuba se olvide de Estados Unidos y Estados Unidos se olvide de Cuba
En uno de los momentos más provocadores de su reflexión, Pallí formula una idea que pudiera parecer paradójica: Cuba debería olvidarse de Estados Unidos y Estados Unidos debería olvidarse de Cuba.
No se trata de romper relaciones ni de renunciar al diálogo.
La propuesta apunta a abandonar una dependencia psicológica que ha condicionado la historia de ambos países.
Cuba no puede construir su futuro esperando permanentemente una decisión de Washington. Debe desarrollar sus capacidades económicas, ampliar sus relaciones internacionales, fortalecer su producción y crear un modelo que funcione independientemente de los cambios políticos estadounidenses.
Estados Unidos, por su parte, debería dejar de considerar que posee el derecho de determinar el destino de Cuba.
La Isla no puede continuar siendo tratada como una propiedad política pendiente, una nación incompleta o un territorio cuyo sistema debe ser diseñado desde el exterior.
Olvidarse, en este contexto, significa abandonar la obsesión.
Significa sustituir la confrontación por una relación normal entre dos Estados soberanos.
Estados Unidos mantiene relaciones comerciales y diplomáticas con países cuyos sistemas políticos no comparte. No existe, por tanto, una razón coherente para exigirle exclusivamente a Cuba condiciones que no se aplican a otras naciones.
La normalización no requiere que ambos gobiernos piensen igual. Exige, sencillamente, que aprendan a convivir con sus diferencias.
La política del orgullo y la superioridad
Pallí también cuestiona la visión de superioridad con la que distintas administraciones estadounidenses han observado a Cuba y América Latina.
La historia demuestra que las presiones, intervenciones y ocupaciones no han conseguido construir sociedades estables ni relaciones duraderas.
Con frecuencia, Estados Unidos ha actuado bajo la convicción de que conoce mejor que los propios pueblos latinoamericanos cuál debe ser su destino. Esa mentalidad ha producido errores políticos, resentimientos históricos y una profunda desconfianza regional.
Pallí utiliza una metáfora reveladora.
Habla del gato argentino que se mira en el espejo y se imagina convertido en un león. Y habla también del gato estadounidense que contempla a toda su sociedad como si estuviera formada exclusivamente por leones.
La imagen retrata el orgullo nacional llevado al extremo.
Argentina desarrolló durante largos periodos una visión engrandecida de sí misma. Estados Unidos, como gran potencia, ha cultivado la idea de una excepcionalidad que en ocasiones le impide reconocer sus propios errores.
Cuba también ha construido una identidad marcada por la resistencia, la soberanía y la confrontación con su vecino del norte.
Cada nación contempla su propia imagen y exagera sus virtudes. Mientras tanto, reduce al adversario a una caricatura.
Argentina y las raíces de la polarización.
La experiencia argentina ocupa un lugar importante en el análisis de Pallí.
Desde niño observó la división entre peronistas y antiperonistas, una fractura que marcó durante generaciones la vida política del país.
En Argentina no se discutía solamente un programa de gobierno. Se defendían identidades políticas profundas, casi hereditarias. Las familias, las instituciones y los medios de comunicación quedaban divididos entre dos campos irreconciliables.
Con el paso del tiempo, la polarización dejó de ser una circunstancia electoral para convertirse en una cultura.
Pallí encuentra rasgos semejantes en Cuba y Estados Unidos.
En Cuba, la Revolución y la oposición a la Revolución han condicionado durante décadas la identidad política de millones de personas.
En Estados Unidos, republicanos y demócratas se observan cada vez menos como adversarios legítimos y cada vez más como enemigos existenciales.
Cuando la política llega a ese punto, el razonamiento pierde valor.
Ya no se analiza si una propuesta es conveniente o perjudicial. Se acepta o se rechaza según el grupo que la presente.
Las sociedades terminan prisioneras de sus propias etiquetas.
El peligro del péndulo
Pallí describe la política como un péndulo.
Cuando una fuerza empuja excesivamente hacia un extremo, prepara inevitablemente un movimiento de igual intensidad hacia el extremo contrario.
Esta dinámica puede observarse en numerosas sociedades. Los excesos de un gobierno alimentan la reacción de sus adversarios. La reacción, a su vez, genera nuevos excesos.
El péndulo nunca encuentra el centro.
Así, cada administración intenta destruir completamente el legado de la anterior. Las políticas públicas dejan de responder a estrategias de largo plazo y se convierten en actos de revancha.
En las relaciones entre Cuba y Estados Unidos ha ocurrido algo semejante.
Un gobierno avanza hacia el diálogo y el siguiente desmantela los acuerdos. Se flexibilizan restricciones y posteriormente se restablecen. Se abren embajadas, se limitan los servicios consulares, se anuncian negociaciones y luego se suspenden.
Cada movimiento depende más de la identidad política del presidente estadounidense que de una política de Estado coherente.
Esa inestabilidad perjudica a los dos países y destruye la confianza necesaria para cualquier negociación seria.
Pensar creativamente
El conflicto entre Cuba y Estados Unidos no se resolverá repitiendo las mismas fórmulas.
Después de más de seis décadas, resulta evidente que la confrontación no ha funcionado. Tampoco ha funcionado la expectativa de que una de las partes desaparezca, se rinda o acepte completamente las condiciones de la otra.
Pallí reclama creatividad política.
Esa creatividad pudiera comenzar por los sectores menos ideológicos de la relación bilateral: comercio, energía, agricultura, salud, medioambiente, migración y cooperación ante desastres naturales.
Cuba necesita combustible, alimentos, medicamentos, inversiones y tecnología.
Estados Unidos posee empresas, productores agrícolas, puertos e instituciones interesados en participar en ese mercado.
La cercanía geográfica convierte el comercio en una posibilidad lógica. Sin embargo, la política continúa impidiendo lo que la economía, la geografía y las necesidades humanas aconsejan.
Un barco estadounidense pudiera llegar a Cuba en pocos días. Los agricultores norteamericanos pudieran vender sus productos a un mercado cercano. Empresas de ambos países pudieran cooperar en áreas de beneficio mutuo.
El principal obstáculo no es técnico.
Es político.
El costo humano de la obstinación.
Detrás de cada sanción existe una consecuencia concreta.
Cuando falta combustible, no se afecta únicamente una estructura gubernamental. Se detienen autobuses, ambulancias, tractores y generadores eléctricos.
Cuando existen restricciones financieras, se dificulta la compra de medicamentos, alimentos, equipos y piezas de repuesto.
Cuando se cierran canales consulares y se endurecen los procesos migratorios, se separan familias.
Las políticas pueden redactarse en oficinas lejanas, pero sus efectos terminan entrando en los hogares.
Por eso, cualquier análisis sobre Cuba debe colocar en el centro a la población.
La defensa de los derechos humanos no puede convertirse en una justificación para medidas que empeoren las condiciones humanas.
Una política que dice querer ayudar al pueblo cubano debe comenzar por evitar que ese pueblo cargue con el peso principal del conflicto.
Dos países condenados a entenderse.
Cuba y Estados Unidos pueden intentar ignorarse, pero no pueden escapar de su geografía ni de su historia.
Son vecinos.
Sus pueblos están unidos por relaciones familiares, culturales, migratorias y económicas. Millones de cubanos y descendientes de cubanos viven en territorio estadounidense. Lo que ocurre en una nación repercute inevitablemente en la otra.
La pregunta no es si ambos países tendrán una relación.
La relación ya existe.
La verdadera pregunta es si continuarán administrándola mediante la hostilidad o si serán capaces de construir un vínculo civilizado.
Para avanzar no se requiere amistad inmediata ni coincidencia ideológica. Se necesita voluntad política.
También se necesita reconocer que ninguna de las partes podrá obtener absolutamente todo lo que desea.
Dialogar implica escuchar, negociar y ceder.
No es una señal de debilidad.
Es una expresión de inteligencia.
Una reflexión para los centros de poder
Las ideas de José Manuel Pallí deberían ser escuchadas por los centros de pensamiento, las universidades y los responsables de formular políticas en Cuba y Estados Unidos.
Su análisis no nace de una visión ingenua. Tampoco desconoce las diferencias, los conflictos ni los errores acumulados.
Precisamente porque reconoce la complejidad del problema, rechaza las soluciones simplistas.
Cuba no cambiará como resultado de una consigna pronunciada desde Miami o Washington.
Estados Unidos tampoco modificará su política mientras el tema cubano continúe secuestrado por intereses electorales y posiciones inamovibles.
Los dos países necesitan liberarse de sus propios extremos.
Argentina demuestra hasta qué punto una sociedad puede permanecer durante generaciones atrapada en una división política. Cuba y Estados Unidos deberían aprender de esa experiencia.
El péndulo puede seguir golpeando de un lado a otro.
O alguien puede decidir detenerlo.
Ese es el verdadero desafío planteado por Pallí: abandonar el orgullo, superar la obsesión y comenzar a pensar creativamente.
Quizás haya llegado el momento de que Cuba y Estados Unidos dejen de intentar vencerse.
Y comiencen, finalmente, a entenderse.
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