Donald Trump critica a la madre de un héroe nacional de origen pakistaní; descalificó los méritos militares del Senador John McCain porque cayó en combate, aduciendo que los héroes nunca son prisioneros. Ni siquiera tuvo en cuenta las heridas y su estado moribundo al momento de ser capturado; se mofó de un periodista minusválido del New York Times, imitando en público su falta de coordinación motora; cuestionó el profesionalismo de un juez que preside una demanda en contra de una universidad propiedad del magnate, que terminó cerrando sus puertas y cuyo objetivo fue de dudosa moralidad. Su cuestionamiento se sustentó simplemente en el hecho de que dicho juez es de origen mexicano. Desconocía que Rusia había invadido Ucrania y ocupaba el territorio de Crimea. Ha demostrado desconocimientos elementales de la situación internacional y se manifiesta en ese sentido con la irresponsabilidad del diletante iliterato de la calle, diciendo que resuelve cualquier conflicto con una orden suya, sin poseer el más ligero conocimiento en la materia y quizás sin importarle las consecuencias. Levanta muros imaginarios entre México y Estados Unidos, manifestando con total insolencia que lo pagará ese país con los altos aranceles que impondrá a sus productos de exportación. Para muchos se trata de un megalómano patológico.
Tenemos luego a la señora Hillary Clinton. Una nueva generación de las dinastías políticas que se inauguraron en el siglo XX y que compiten, a distinto nivel, pero con iguales resultados, con las dinastías del dinero que inauguró la segunda mitad del siglo XIX y cuyo número aumentó con las nuevas figuras surgidas a partir del desarrollo de la electrónica y con la degeneración y mal uso de los sistemas financieros. Especialmente a partir de la presidencia de Ronald Reagan.
A esa imagen, que resulta repulsiva para la juventud letrada y las clases trabajadoras, tanto empleados de factoría como profesionales, desde el más elemental nivel hasta quienes ocupan altos puestos en las instituciones productivas y de servicio, se agrega su tendencia a manipular las explicaciones de sus actos como estadista, aspecto que la hace parecer ante muchos ciudadanos como intrínsecamente mentirosa. Al menos esa es la impresión causada por sus respuestas al ser cuestionada.
Sus explicaciones por los sucesos de Bengazi han estado llenos de contradicciones y tienen en su contra que los funcionarios muertos en aquel lamentable suceso no recibieron ayuda con la debida prontitud, amén de no haber previsto que, luego de la catástrofe ocasionada por la muerte de Kadafi, vendría la debacle y todo lo que oliese a “gringo” se convertiría en blanco obligado de la anarquía.
Sus explicaciones por haber utilizado su servidor privado para dilucidar asuntos de Estado mientras fungía como Secretaria, no resultan muy creíbles; los 26 millones 400 mil dólares recibidos del extranjero por razones de discursos y conferencias, los cuales no fueron reportados como rezaba en el compromiso ético firmado con Obama antes de ser nombrada para dicho cargo ministerial, están pendientes de aclaración; las evidencias de que muchos de esos discursos habían intercedido con sus labores oficiales constituyen otros de sus enredos; existen también evidencias de que Hillary había tenido reuniones en el exterior con donantes poderosos de la Fundación Clinton, aprovechando sus viajes oficiales como funcionaria pública; escasea además información sobre los recursos de dicha Fundación los cuales, al parecer, fueron usados impropiamente para financiar operaciones productivas de amigos allegados a los Clinton, cuando se trata de una institución no lucrativa cuyos fondos no pueden usarse en labores de esa naturaleza.
Ambos candidatos tienen techos de vidrio, excepto que, a la hora de Administrar el Estado, es de suponer que Hillary posee mejor entrenamiento para proceder con apego a las normas tradicionales y mayor aplomo al lidiar con la política exterior. La otra ventaja es que la elección de Hillary para muchos votantes, va más allá de su persona, fundamentando su elección en el programa aprobado en la Convención.
Es muy difícil que de resultar electa se distancie de dicho programa.
El movimiento desatado por el liderazgo de Bernie Sanders despertó ilusiones y demostró la existencia de un movimiento embrionario de cambio que se encargará seguramente de velar porque el gobierno de Clinton, de resultar electa, se ajuste a la letra de dicho programa, considerado el más progresista jamás aprobado por un Partido que tuviese la casi absoluta probabilidad de obtener la victoria electoral.
Ahora bien, en medio de estas novedades pueden ocurrir accidentes. El más importante nace de la incredulidad de muchos ante ambos candidatos. Otros Partidos políticos, como el Verde y el Libertario, para no mencionar los insignificantes que recuerdan viejas piezas de museo, van a obtener esta vez un significativo número de votos que rondan en el 25% del total de quienes salgan a votar. Esto desviará un sustancial número de votos de ambos candidatos.
No menos importante es la ausencia de los pobres en ese programa de gobierno. El progresismo del programa político del Partido Demócrata, aprobado gracias a las presiones de Sanders, olvidó o se negó a añadir al sector pobre del país, lo cual produce malestar para muchos que no conciben una política de Estado que no atienda esta problemática, quizás la más sensible de todas.
Los planeamientos del programa diseñan una política que permita el resurgimiento de la llamada clase media, pero no aborda aspectos tan esenciales como la renta y la transportación por mencionar sólo dos de los más álgidos, que afectan a más de 60 millones de personas en el país.
El 40% de la población vive dentro del llamado límite de pobreza. O sea, aquellos cuyos hogares están compuestos por tres personas, con un ingreso neto inferior a $42,000.00 al año. Pero dentro de este porcentaje cerca del 20% ingresa menos de $ 25,000.00, lo cual los sitúa dentro de la pobreza extrema. La renta que pagan estas familias representan más del 50% de sus ingresos. En número reales esto significa que cerca de 15 millones de personas requieren de la casi totalidad de sus ingresos para pagar su vivienda, costosos seguros y una aberrante transportación que depende de la tenencia de un vehículo. El otro 80% de ese nutrido grupo poblacional debe emplear el 35% por ciento para pagar su renta y los otros aspectos que señalamos para el grupo anterior. El resto miserable que queda de ese ingreso deberán emplearlo en comida, educación, salud y los imponderables de la vida. No sólo no alcanza, sino que endeuda y obliga a esos millones de personas a ver sus hijos crecer para enfrentar en el futuro sus mismas miserias.
La debilidad del programa del Partido Demócrata para abordar los problemas de la pobreza lo distancia de la realidad.
La complejidad de lo dicho impide hacer una predicción acertada.
Dado el despertar de consciencias que está teniendo lugar y una formación socio política más extendida, los votantes que hoy piensan votar por Trump o por Hillary o quizás por el Partido Verde o por el Libertario, al final pueden decidir no votar. La repartición del voto puede dar lugar a que ningún candidato obtenga los 270 votos electorales necesarios para considerar que la mayoría de los 50 estados aprueban del candidato. Entonces hay que recurrir al Congreso para que éste tome la decisión. Pero esto es complicado, especialmente en medio de los ánimos que mueven al país en estos momentos y en presencia de un cuerpo legislativo de mayoría republicana. Dicha mayoría representa un Partido que se está desmoronando y hoy nadie puede decir con absoluta seguridad que representa al Partido Republicano porque a veces parece ser que éste ha desaparecido. Contradictoriamente su candidato presidencial nunca ha pertenecido al mismo y nadie sabe cuáles son sus planes. Se trata de un gran enredo. No es fácil.
Así lo veo y así lo digo.










