Me sumo a quienes saludan la decisión de otorgar el Premio Nobel de la Paz 2016 al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, no porque lo distinga, sino porque lo habilita con nueva legitimidad, eleva su influencia, y lo compromete. Compromiso es la palabra de orden para movilizar voluntades y talentos capaces de convertir el revés del referéndum en consenso y fuerza, para consolidar lo alcanzado y avanzar en su realización.
Juan Manuel Santos, el Alto mando de las FARC-EP, y los negociadores de ambas partes lograron que el país y la opinión pública mundial visibilizaran y se sensibilizaran respecto al conflicto interno que hace 52 años corroe a Colombia, y que tiempo atrás perdió sentido, integrándose a una especie de visión rutinaria y conformista, casi folclórica de una realidad que no lograba conmover ni siquiera a los colombianos, mucho menos a la humanidad.
Juan Manuel Santos es el sexto latinoamericano en ser galardonado con un Nobel de la Paz, el número 17 contando todas las especialidades, entre los cuales figuran dos mujeres, Gabriela Mistral y Rigoberta Menchú; el 16° presidente en alcanzarlo, y el segundo latino, antes lo obtuvo Oscar Arias, presidente de Costa Rica. Únicamente Estados Unidos cuenta con tres mandatarios distinguidos con el Nobel de la Paz: Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson y Barack Obama.
El presidente Santos fue elegido entre 376 nominados, de ellos 228 personalidades y 184 organizaciones, cuyos nombres no se conocerán hasta pasados 50 años. Al otorgarle el galardón, el comité de cinco miembros del parlamento noruego encargado de asignarlo manifestó: “Se otorga al presidente de Colombia Juan Manuel Santos por sus decididos esfuerzos para acabar con los más de 50 años de guerra civil en el país, una guerra que ha costado la vida de al menos 220.000 colombianos, y desplazado a cerca de seis millones de personas…”
La entrega se realizará en Oslo, capital de Noruega, el próximo 10 de diciembre, efemérides de la muerte de Alfred Nobel, afamado empresario dedicado a la ingeniería y a la fabricación de armamentos, que a lo largo de su vida patentó 355 inventos, entre ellos la dinamita, el explosivo de mayor aplicación militar, y la sustancia que más muertes ha ocasionado, y con la cual amasó una enorme fortuna.
Espantado por el daño causado por su invento legó su fortuna a la fundación que lleva su nombre, que desde 1901 cada año concede los galardones en Medicina, Física, Química, Literatura y Paz. Desde 1968 el Banco de Suecia entrega el Premio Nobel de Economía.
El premio Nobel de la Paz es el único al cual se le reconoce una entidad directamente política, aunque no son siempre políticos quienes lo reciben, pero solo ese es entregado por una organización gubernamental: el parlamento noruego.
Al margen de las consideraciones circunstanciales que inevitablemente rodean a gobernantes y estadistas, sujetos a un permanente escrutinio público, se percibe cierto consenso alrededor de la conveniencia de dotar al presidente Santos de este instrumento, que lo estimula en el empeño de perseverar por la paz. Ojalá lo acompañe el éxito. Allá nos vemos.
*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente










