Ni los más agudos psicólogos y psiquiatras han podido explicar todavía a ciencia cierta aquella aberración mental que enfermó al pueblo de la Alemania nazi, cuando en su diabólica obsesión racista contra los judíos de aquel entonces, los llevó fanáticamente a seguir la locura delirante de los campos de concentración de Adolfo Hitler.
Fue entonces que millones de hombres y mujeres de reconocida cultura civilizada y profunda fe religiosa se envolvieron en aquella ola fanática de odio xenofóbico contra los pueblos y razas que su “Führer” indiscutido consideraba seres inferiores indignos de existencia viviente . Todo aquel aquelarre diabólico en nombre de la grandeza de la “Gran Alemania”. Alemania primero, Alemania sobre todos los demás. Cuando hoy escucho la grabación de la voz de un niño inmigrante llorando desesperadamente en reclamo de su padre, ambos separados en distintos campos de concentración del Departamento de Inmigración de Estados Unidos es que empiezo a entender mejor el fanatismo nazi que terminó en Europa en el gran holocausto.
Y hasta la próxima entrega de El Duende que con mi gallo me voy cantando a mi tumba fría. Bambarambay.











