Trump NO quiere hablar con #CUBA

Trump no quiere hablar con Cuba

Debo confesar que al enterarme, a través del periódico El Nuevo Herald, de un acuerdo entre la corporación estadounidense Vanguard Enterprise, con la empresa Cupet, la cual monopoliza la comercialización del combustible en Cuba, tuve la esperanza corta de que podría ser posible una solución del diferendo entre Los Estados Unidos de América y Cuba.

Asumir la gestión de negocios en la economía cubana: turismo, hotelería, bienes raíces, puertos, minas, combustibles, expansión de la participación del sector privado sin interferencias del estado, han sido aspectos básicos de la agenda del presidente Donald Trump una de las tantas condiciones para llegar a acuerdos con el gobierno cubano y reducir sanciones. Esto último sin violar la Ley Helms Burton, la cual requiere ser anulada por el Congreso y como he explicado en trabajos anteriores, requiere de un debate extenso y una minuciosidad que la hace imposible de cancelar por simple votación.

Tuve esa esperanza porque la noticia reunía dos aspectos sensibles para ambos países: Washington lograba acceder a la comercialización del sector energético de la Isla y Cuba decide a voluntad, que la venta de combustible también puede ser una actividad privada, algo que, hasta entonces, había sido tabú. En algunas instancias, incluso una persona podía ser tildada de “contrarevolucionario” o vendepatria, por manifestar ese criterio en público.

De esa transacción inferí que perfectamente podrían hablar de muchos temas sobre los cuales ambos tendrían la capacidad civilizada para contemporizar con las demandas más problemáticas y buscar respuestas adecuadas. Especialmente Cuba, que sin necesidad de capitular, podría lidiar con la nueva Doctrina Monroe que Washington ha ido imponiendo en el hemisferio y buscar las reformas o ajustes adecuados para los intereses de cada cual.

¿Cuáles serían esas demandas y hasta dónde podría el gobierno cubano flexibilizar sus músculos?, no puedo responder porque no participo de las decisiones relativas a ninguna de las partes. Igual pregunta tendríamos que hacer a los negociadores del Norte. Lo único que me atrevo a opinar es que, en asuntos tan delicados, criterios u opiniones asumidas como ideológicas o de “principios”, generalmente sólo sirven para estorbar. La flexibilidad es el mejor garante de que no colapse el edificio en medio de las sacudidas de un sismo.

El acuerdo en cuestión, relacionado a la venta de combustible en la Isla por una empresa privada estadounidense, reúne en sí uno de los aspectos mencionados por la prensa como esencial para la agenda de Trump referente a un diálogo con La Habana.

No obstante, de repente y a penas transcurridas unas pocas horas de conocerse la noticia, nos enteramos que el departamento de estado aduce que Cupet está sancionado de acuerdo a una orden ejecutiva que se aplica a todos los sectores estratégicos del país. Se trataba de prohibir una transacción que precisamente es parte de la agenda planteada por esa administración, lo cual permitía perfectamente sacar a Cupet de esa lista. Pero no lo hicieron porque existen criterios no confesados que comenzaron a formarse en una mayoría del establishment a pocos años del deshielo diplomático alcanzado por dos grandes negociadores que coincidieron en la historia: Barack Obama y Raúl Castro.

Al ver la respuesta del departamento de estado, lo primero que me vino a la mente fue una vieja y triste conclusión a la que había arribado hace más de un año: Los Estados Unidos de América, dos o tres años luego de aquel deshielo de las relaciones, habían decidido en silencio, no conversar más con el gobierno de Cuba. Se habían cansado en sus intentos de lograr cambios pragmáticos en el sistema cubano que permitiese sostener una convivencia balanceada entre los dos países.

El deshielo fue aceptado por el ala progresista, moderada y más racional del establishment estadounidense, pero no era del agrado de un gran número de líderes, personalidades y sobre todo por la gran masa de funcionarios que integran el monstruoso aparato de estado radicado no sólo en Washington, sino a lo largo y ancho del país. Ese conglomerado decidió acceder a no interferir con la negociación aun sin aceptarla, porque querían darle el beneficio de la duda a la apuesta de Obama, quien confiaba que ofreciendo una serie de aperturas y eliminando ciertas sanciones económicas básicas, el gobierno cubano reconocería la necesidad de reformar el sistema, del mismo modo o quizás mejor aún, que los países socialistas con la meta del comunismo, como China y Vietnam.

Pero no fue así. Pasaron años, durante los cuales el líder cubano Fidel Castro habló de “cambiar todo lo que requiera serlo” y por razones desconocidas, que generan a veces acaloradas especulaciones entre quienes están íntimamente familiarizados con la gobernanza cubana, todo siguió igual. Eran años cruciales porque el gran deterioro infraestructural que comenzó a partir de la desaparición de la URSS alcanzaba ya niveles peligrosos, incluso de no regreso. Me refiero a acueductos, calles, drenajes, canalización de aguas negras, la recogida de basura y su procesamiento, electricidad, tanto los circuitos para la distribución como las plantas generadoras, las cuales se dañaron mucho más con el método soviético, donde el fallo de una generadora afecta prácticamente todo el sistema nacional, algo que a el líder histórico de la Revolución Fidel Castro, nunca le gustó. En fin las carreteras, vías de comunicación y el conjunto del país, ya estaban en muchos aspectos al punto de no retorno cuando se produce el deshielo. No obstante varios capitales se mostraron dispuestos a invertir en ese instante pese a esas condiciones. Luego pasaron los años y un águila sobre el mar. Cuando la situación se hizo insostenible siete u ocho años después de aquella mutua decisión entre los dos gobiernos, el gobierno cubano incorporó tímidas modalidades de gestión privada que muy poco podían hacer a esas alturas, pero que ayudaron a lidiar con la precariedad de la vida. En aquel momento el estado ya no podía con una carga que nunca estuvo sustentada en una producción eficiente. Al margen de que ningún estado ha logrado por sí solo cubrir todo el espectro de necesidades de una nación porque se trata de una entidad que no fue concebida para producir.

Yo pienso que cuando transcurrieron los primeros dos o tres años de aquel acuerdo diplomático, que tuvo desde sus inicios la contraparte positiva de abrir posibilidades para que el país se reformara y organizara una economía eficiente, el establishment llegó a la conclusión de que cualquier conversación era inútil y había que dejar que la Isla se hundiera en sus laberintos.

Hace más de un año, en abril de 2025, comiendo en casa de unos amigos donde participaban otras amistades comunes, mientras el anfitrión y los demás hablaban de la necesidad de una economía eficiente con la iniciativa privada como base, ayudaría para que Washington no pudiera vender más la idea de que Cuba era un país ineficiente, bajo una mala dirección. En ese instante pedí la palabra y les dije: “ señores, me perdonan pero pienso que desde hace mucho tiempo, Los Estados Unidos de América NO QUIERE HABLAR CON NOSOTROS. PUNTO.

Aquello fue como un cubo de agua fría en una gélida noche de invierno. Me extendí con brevedad y manifesté que eso era delicado y probablemente había escapado a la visión de quienes dirigen la política del país. Y que de haberlo previsto, sin haber actuado diplomáticamente, mostraba una gran irresponsabilidad para con una población que ha estado condenada a situaciones de miseria como consecuencia de sanciones y bloqueos, impuestos por el poderoso vecino, sumado a los garrafales errores económicos que el gobierno continuó practicando aun cuando el sovietismo mostró su total ineficiencia.

La realidad no puede verse a través de un prisma ideológico ni supuestos principios basados en términos que se transforman en cada discurso o polémica. La propia palabra “soberanía” es un ejemplo si nos ponemos a pensar la catastrófica interferencia que puede ocasionar en una conversación delicada de estado. En esos casos tenemos las mismas resultantes que surgen de una conversación entre un simple creyente y un religioso ortodoxo cabal, donde no importa cuanta realidad muestre el primero en sus razonamientos, una vez que el ortodoxo le dice que la Biblia no admite lo que dice. En ese instante la conversación termina porque el Libro Sagrado nunca se equivoca. Es algo funesto y patéticamente desastroso. Lo abstracto, ya sea religioso o políticamente ideológico, es el candado sin llave que cierra para siempre las puertas del entendimiento.

La negativa del departamento de estado a aceptar el convenio en proceso entre Vanguard Entreprise y Cupet para llevar combustible a Cuba y comercializarlo en la Isla a nombre de esa empresa, muestra a las claras, que el establishment ha adoptado una posición negativa y se cansó de creer en aquello que tantas veces algunos de ellos vaticinaron, diciendo que Cuba se sumaría a los nuevos tiempos considerando las nuevas concepciones socialistas, universalmente aceptadas, dentro de diferentes modalidades, de cómo deben ser las nuevas formas de gobernanza social. Las declaraciones del departamento de estado sobre su interés en negociar con Cuba, es una cortina de humo para parecer civilizados y en ocasiones bondadosos. Simplemente ya no quieren conversar y hace tiempo que lo decidieron. Biden calló pero aumentó las sanciones y Trump recogió la antorcha pero su carácter carnavalesco y guapetón de barrio lo impulsó a dar un paso más y se ha propuesto actuar. De momento la medida es destruir lo poco que queda con vida del sistema infraestructural que aún hace posible la vida humana en las ciudades, especialmente la capital que es la más golpeado por ser la más populosa.

Recientemente el presidente cubano anunció una serie de reformas que se llevarán a efecto, las cuales representan grandes soluciones para llevar el país por el camino correcto. El único inconveniente es que nada de eso puede avanzar en un ambiente hostil, sin verdaderos actores comerciales para canalizar el resultado de las reformas.

Sin Los Estados Unidos de América es difícil echar a andar una economía en estado delicado de salud en el hemisferio americano. Con Los Estados Unidos de América en contra, poniendo zancadillas, impidiendo el acceso a la banca financiera de la cual depende incluso un gran país como China, el esfuerzo queda plasmado en un simple diseño de reformas necesarias pero que llegaron tardíamente a la mesa de la política imperial que nos rodea.

Lo siento, pero esa son las conclusiones sacadas tras analizar minuciosamente un gran caudal de información y opiniones autorizadas. El tiempo dentro de un breve período, dirá quien tiene la razón. De todos modos rezo todos los días, a mi modo de rezar, para que Dios haga el milagro y yo esté equivocado.

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